jueves, 25 de mayo de 2017

Fiesta Daviaxaiqui

Por Federico Commiso




El dia 22 de abril de 2017, participamos del evento organizado por la comunidad Qom Daviaxaiqui, quienes conmemoraban la semana de los Pueblos Originarios. Fue una experiencia interesante, ya que los integrantes de la comunidad mostraban y vendían sus artesanías, pero también estaban dispuestos a intercambiar una charla con un mate de por medio.




Una vez en el salón donde se realizaba la actividad, compramos tortas fritas y nos sentamos en una mesa para charlar y continuar con los mates. En un momento, vimos entrar a un muchacho, con un caminar tímido, como pidiendo permiso. Al acercarse nos dimos cuenta que tenía Síndrome de Down, y al parecer le resultamos simpáticos, o por lo menos lo suficiente como para sentarse con nosotros, en frente nuestro. Le preguntábamos su nombre o simplemente cómo estaba, pero el muchacho no respondía. Mostraba mucha timidez por lo que no insistimos con las preguntas, pero si le ofrecimos un mate, que se lo dejamos cerca por si quería tomarlo. Tímidamente fue sacando su mano del bolsillo, hasta que con cierta dificultad tomó el mate. Lo tenía en su mano, tomándolo lentamente, como disfrutándolo. Así fue, que comenzó a mostrarnos algunos juguetes que tenía en su bolsillo, un caballito de juguete, ¿parecía que también quería intercambiar algo con nosotros?.
No hubo necesidad de expresar demasiadas cosas con palabras, era una comunicación con gestos, miradas, sonrisas, mate, afecto, etc. No sabemos qué sintió este muchacho, si le agrado pasar un momento con nosotros o si simplemente pasamos desapercibidos para él. La verdad que en ese instante, no importó la hora, las cosas que no habíamos hecho, sólo hablar y estar en compañía parecía ser la finalidad.

sábado, 25 de marzo de 2017

El Primer Acercamiento: En la casa de Daviaxaqui (12/03/17)


La calle Bahía Barbel es angosta, casi imperceptible, rodeada de grandes lomas de tierra por las que camina la gente a puntapies. A unos pocos metros de la ruta, una seccional de policía escondida en medio de dos autos a modo de cerrojo, varios cubos de lata de un metro y medio de alto y una pequeña parada de colectivos con destino al corazón de José León Suarez. Cruzamos por Sarmiento. A nuestro costado observamos la entrada del Instituto Cardenal Copello: la estatua de un cristo con un niño entre sus brazos, las rejas abiertas a una pequeña rotonda, y una cancha de fútbol desierta, donde las redes de los arcos se mueven por la brisa que agitan los árboles. Son las once menos diez de la mañana de un domingo. Nos despedimos del verano, aunque el cielo esté límpido y el olor a tierra seca nos rodee. Paramos en la esquina luego de caminar al lado de un inmenso terreno con un galpón de fondo que anuncia, en grandes letras, la bienvenida  a la comunidad QOM. Estamos perdidos. Llamamos a Clemente: nos dice que está haciendo señas en medio de la calle. Lo vemos al instante, a mitad de cuadra, a pocos pasos de una humilde casa con la puerta abierta. Lo saludamos, se lo ve relajado. Viste una camisa a cuadros y un jean grisáceo - ¿Bajamos las cosas? - Preguntámos, haciendo mención a los útiles que habíamos llevado para los chicos del Chaco. Él hace un gesto para que desaceleremos. -Entren primero - dice, haciéndonos lugar.





Nos sentamos alrededor de una mesa redonda junto a Fabián y Valquiria, dos docentes que se acercaron para coordinar con Clemente la organización de una serie de charlas en la Ciudad. Atrás del Cacique hay un cuadro gigante con el escudo de la provincia del Chacho, a pocos centímetros un espejo. A los costados se observan acumuladas las bolsas con cuadernos y ropa que en pocos días se enviarán a la comunidad chaqueña. La puerta se mantiene abierta en todo momento. Clemente habla pausado, apenas mueve sus manos, utiliza los silencios; recuerda los días en que pisaron por primera vez Pilar luego de la adjudicación de tierras: un emprendimiento que involucró particularmente a Monseñor Quarracino y al músico y comediante Luis Landriscina como intermediario fundamental. "Nosotros llegamos al campo en el mes de diciembre, en ese entonces no teníamos dónde vivir. Y la hermana superiora nos ofreció el colegio mientras los chicos hacían las prácticas. Cuando empezaron las clases, ella les consiguió becas: no se cómo hizo. Elaboramos un trabajo muy importante con esta hermana. Y, después de 25 años de trabajo, la trasladaron de este colegio a otro, que es el Santa Ana en Villa Ballester. Allí se perdió el contácto, y a los chicos les sacaron las becas. Tuvimos que empezar todo de vuelta con ellos". El Cardenal Copello tiene una vasta historia cuyo origen se remonta a los años 30', allí, con la iniciativa de tres hermanos menesianos - una orden católica francesa surgida en tiempos de la Revolución - oriundos de Tucumán, se levantó el colegio primario en la Ciudad sobre la calle Nueva York. Años después, luego de muchas campañas de recaudación, se inauguraría el actual instituto sobre el barrio Presidente Derqui. La situación de los chicos en la comunidad tras los cambios en la organización del colegio es problemática: deben trasladarse fuera de su pueblo debido a la alta cuota del instituto y a una normativa rigurosa que expulsa a los jovenes que no alcanzan a pasar de grado. "Estamos pidiendo que abran una sede acá, porque es difícil llevar a los chicos hasta Derqui, pero hasta ahora no se pudo lograr", comenta Clemente.



Los cruces culturales en la educación



Desde su llegada a Buenos Aires, la educación para Clemente López (Daviaxaqui) ha sido un punto de inflexión en su relación con la sociedad "blanca". Instalado en 1988 con su familia en el Barrio Ejército de los Andes, popularmente conocido como "Fuerte Apache" - un complejo de viviendas al norte de la localidad de Ciudadela - debió lidiar con la falta de comprensión docente hacia las costumbres de su hijo en la escuela primaria. "Por no entender la cultura de nuestro pueblo. A partir de lo que pasó con Emiliano (hijo) tuve un acercamiento muy importante en ese colegio; cuando finalmente reconocieron el error, admitieron que la culpa no era del chico. Cuando a nosotros nos hechan de nuestra tierra, como adultos que somos, podemos aguantar, pero un chico necesita otro tratamiento. Desde el momento en que se entendió que la realidad no era como ellos la veían, empezamos a trabajar juntos para que la próxima vez, en cualquier otra institución, no vuelva a suceder algo de esta naturaleza."


La comunidad ubicada en Presidente Derqui se inauguró en 1998, en ese entonces contaba con 32 familias asentadas a lo largo de sus cuatro hectáreas, en la actualidad el número asciende a diez familias más. Desde su lugar en la mesa de los Pueblos Indígenas de Buenos Aires - que organiza a las diez comunidades ubicadas alrededor del territorio bonaerense -, Clemente ha buscado devolver a su gente el orgullo por sus identidad. Sin embargo, las dificultades se encuentran no solo en la insercción dentro de la cultura blanca sino en la defensa de sus propias raíces ante un sentimiento divisor: la discriminación. “Después del problema con mi hijo, cuando me declaré indigena, todos se me quedaron mirando en la escuela: se acercaron y me dijeron 'nosotros también somos toba'. Al principio sentí alegría, pero luego me aclararon que no querían decir que lo eran para no sentirse discriminados. Eso me hizo sentir mal, pero es algo que pasa, incluso en la propia comunidad. Cuando en una reunión de la escuela (en Fuerte Apache) los invité a donde estaba viviendo, tuvimos una charla y me dijeron: si acá decís que sos toba o indio sufrís. Yo, interiormente, pensaba que el hecho de que haya discriminación no puede hacerte dejar de ser indio. Lo que tenemos que hacer es formar al otro, así como yo los formé a mis hijos”. Siendo Cacique, Clemente sabe que su rol está supeditado a la contingencia y que, en ese lapso activo como líder, deberá poder sentar las bases para que el resto de la comunidad pueda hacer velar por sus derechos y principios originarios. “Pedimos nuestra participacion - en la Mesa Indígena - para poder llegar a las familias que viven en el Gran Buenos Aires, que no es lo mismo que vivir en el Imprenetrable. A la gente que vive en la villa hay que llegarle con un mensaje: que tenga participación y pueda sentir que es parte de los pueblos originarios.”




Los ocho años vividos en el barrio Fuerte Apache no fueron fáciles para Clemente y su familia, pero la construcción de su propia comunidad significó un nuevo punto de partida y un acercamiento más profundo hacia su cultura. Se necesitaba no solo una reunión sino volver a creer en sus valores, abrumados por el temor de la distancia que generan los signos intolerantes de la sociedad actual, esos que tanto habían padecido años atrás. “Cuando llegué a Fuerte Apache fui el último del grupo, ya había gente viviendo allí. Una vez Emiliano vino un poco asustado, me dijo: Papá te quiero hacer una pregunta, le dije que sí. Me dijo que un compañero nuevo en la escuela lo trató de 'negro', y que él sabía que no era negro. Le dijo al compañero que era 'color de américa'. ¿Le respondí bién?, me preguntaba. Eso me hizo sentir orgulloso como padre, porque a veces la discriminación hay que tratar de cortarla, no agrandarla. Si él no hubiera estado preparado por mí, quizás le hubiera contestado con algún agravio. Siempre les digo a los papás que a los chicos hay que formarlos, porque si no están bien plantados van a perder esa identificación con su pueblo indígena.” 


En esa puja educativa entre resguardo e identidad, están los chicos que ansían poder conocer las costumbres de su pasado, como el idioma indígena, aún a costa del temor a la exclusión latente en sus padres; y aquellas madres que evitan llevar a sus hijos a la escuela para que no sean criados bajo un relato histórico que no los reconoce. Clemente cuenta que sus hijos aún le agradecen haberlos incluido en una institución educativa. Agrega que su hija está por terminar la carrera de enfermería y que su sueño es poder viajar hacia la comunidad chaqueña. "Y ella no nació allá, es de acá", aclara, explicando la importancia de abrir un camino hacia los orígenes.


En tiempos tecnológicos


"La tecnología es importante pero como herramienta, siempre y cuando no te atrape", señala Clemente mientras rodea con su mano un vaso de agua. La comunidad cuenta con su sitio web y tiene presencia en las principales redes sociales. Mucha de esa repercusión virtual ha servido para que, a menudo, las personas se acerquen con curiosidad al pueblo, tanto para ayudar como para ofrecer intercambios culturales. Clemente desde hace años viene dando charlas, lo disfruta, siente que sus raíces se expanden aún en territorios ajenos a su identidad. Comenta, además, que existe un centro cultural en la comunidad pero que ha dejado de funcionar como antaño, cuando recibía apoyo económico de la municipalidad. El ex intendente había decidido incluirlo en el circuito turístico cultural. Allí funcionaban una buena cantidad de stands donde tanto ciudadanos como extranjeros podían apreciar las artesanías, prendas y la comida típica que el pueblo preparaba. Cuando el centro salió del circuito, ese intercambió se perdió. Sin embargo, la celebración de la Fiesta de la Primavera - durante la semana de los pueblos originarios - les permite aún poder abrir las puertas de sus costumbres al resto de la población.


Al noroeste de la provincia del Chaco, en la llanura occidental, se encuentra la región conocida como "El Impenetrable". Una extensión de más de 40 mil kilómetros cuadrados de vegetación agreste y tupida. Una extensión que, hoy, va camino a convertirse en un desierto. Tanto la deforestación como el avance del negocio de la soja ponen en riesgo la vida de más de 60 mil indígenas. Según la Fundación Vida Silvestre, el Presupuesto Nacional de 2017 asignó 250 millones de pesos para la conservación de los bósques nativos, tan solo un 4 por ciento - en franca disminución desde 2010, que era del 24 - de lo que corresponde según la Ley de Bósques sancionada en 2007. Además, los datos de un estudio de la Facultad de Agronomia de la Universidad de Buenos Aires (UBA) confirman que entre 2015 y 2016 el desmonte en la parte correspondiente a la provincia de Salta disminuyó en un 40 por ciento los recursos del ecosistema. “La preocupación más grande que tuvieron nuestros abuelos (algo que siempre estuvo muy a la vista) fue el destrozo de la madre naturaleza. Mi abuela me decía - pero cualquiera anciano lo hubiera dicho - que iba a llegar un momento en que no quedase nada. Y eso es lo que está pasando. En Chacho hay una gran problema forestal debido al negocio de la madera. Cuando uno entra por Resistencia con la ruta 16 ve al costado de ella miles y miles de muebles que son producto del propio Impenetrable chaqueño. De eso se entiende la parte positiva, que muchas personas puedan encontrar un trabajo. Pero si pensamos y miramos la historia de nuestro pueblo: sin tocar la madre naturaleza también se podía vivir, quizás mejor y con menos enfermedades. Hoy hay más fuerza de trabajo pero más enfermedades y eso no hay plata que lo cubra. Al destrozar el lugar que nos da la vida y la respiración, nosotros mismos nos estamos destrozando.” Clemente se detiene unos segundos para recordar a su abuela: comenta que ella repetía que la generación que él integra no llegaría a sus lóngevos 112 años; detalla que no aceptaba recibir comida en platos ni bebida en vasos, por preferir usar los utensilios hechos por sus propias manos; que renegaba de las latas y su pronta oxidación a contraluz de las vasijas, cuya duración resiste innegablemente el paso del tiempo.


"Chaco era territorio indígena, no existían los alambrados ni la frontera. Era todo libre", reflexiona. La lucha de su pueblo los ha puesto de cara contra el gobierno. Tan solo en diciembre de 2016 podía verse la foto del gobernador Domingo Peppo junto a los referentes wichi, toba y qom luego de la adjudicación de 300 mil hectáreas de la Reserva Grande. Si bien luego de 88 años de protesta han conseguido recuperar esa porción de sus tierras (mínima en comparación a su patrimonio histórico), el gobierno, sin tener en cuenta la diferente perspectiva cultural del pueblo, exige hoy mejoras en la región, entre ellas la colocación de alambrados. El Cacique hace un gesto de frustración al describir la ofensa hacia su cultura, y expone: "Tuve la suerte de tener muchos amigos y de participar en infinidad de encuentros. En una de esas charlas, un hermano de otro pais me decía que la mejora no pasa por poner un alambrado, sino por respetar a la naturaleza. Lo que para ellos es mejora, para nosotros es destrucción." 


Clemente cuenta, a su vez, que se ha cerrado un canal cercano al Rio Bermejo que posibilitaba al pueblo el acceso al agua. "Los brazos de la madre tierra son el rio, los pulmones son el bósque", comenta reflexivo, en tanto reafirma la necesidad de que el uso de la madera se restrinja a lo meramente necesario y describe cómo de un algarrobo se utiliza una ínfima parte para la produccion en tanto el resto, que incluyen su raíz, se desperdicia como basura. El Cacique mira detenidamente su mano, mientras señala la importancia y el valor de todo lo que surge originariamente del ecosistema, aún aquello que parece insignificante: "Cuando entré a la escuela, mi abuela no quería que usara lapicera sino el lapiz negro cuyo origen es natural". Afuera, el tránsito, comenzaba a amainar a través de la entrada de la puerta.


Un nativo recibido como extranjero


"Me crié en un lugar repleto de campo y monte, junto al trabajo de la chacra y los bueyes, el arado de los chivos. Al llegar a Buenos Aires encontré un mundo de gente", recuerda de sus primeros días en la provincia, luego de dejar su territorio. En ese entonces, la vigencia del Servicio Militar Obligatorio lo incluyó en Monte Caseros, Corrientes, en la Infantería cuarta, una de las más castigadas por los abusos de la fuerza.Allí conoció a un correntino que le ofreció trabajar con su padre como pintor. Tras la baja del servicio, Clemente vivió un tiempo del oficio. Mientras tanto, el problema de las tierras en Chacho pasaba por su peor momento. Por tal motivo, decidió partir rumbo a la capital del país. Ya en el conurbano, el contacto con un amigo lo llevó a Fuerte Apache. Las primeras horas en territorio bonaerense marcarían tajantes diferencias con las costumbres de su pueblo. "Cuando subí a un colectivo advertí que una mujer me estaba gritando todo tipo de insultos. No lo entendía, hasta que tiempo después supe que causaba molestia al estar parado en medio del pasillo. Lo curioso es que ninguno se acercó a marcarme ese error. Esa fue mi primera impresión". Clemente cuenta que pensó junto a su familia recaudar algo de dinero y volver lo más pronto posible a su pueblo, aún cuando las condiciones de vida no fueran las mejores. La tranquilidad primaba sobre lo material. Sin embargo, el encuentro con otras personas que sintieron admiración por su condicion de indígena le hizo cambiar la perspectiva sobre su permanenecia. En la comunidad, el Cacique encontró un refugio necesario. Aun así, el retorno a sus raíces parece más cercano que nunca: "Mi deseo es volver a mi provincia. Nunca lo olvidé, y estos últimos años eso se ha acrecentado. Mi historia es la historia de mi familia, la que es consciente de lo que pienso y de lo que hago".
















domingo, 19 de febrero de 2017

Bibliografía hasta el momento:







1 - Las Venas Abiertas de América Latina - Eduardo Galeano



2 - Daviaxaiqui - Clemente López/ Sandra López